edumursa’s blog

Mis muertos

17 Noviembre 2021 · No hay Comentarios

Colección de historias breves surgidas de la actividad cotidiana de un médico forense en los casos de muerte violenta o sospechosa y que, por ello, han requerido la práctica de una autopsia judicial.

Son casos reales aunque, lógicamente, se emplean nombres ficticios y, para cada uno de ellos se dan los detalles de la autopsia y se construye una historia en parte imaginaria sobre el sujeto (objeto) de la autopsia.

Todos los casos datan de hace más de 25 años atrás y, aunque no se han recogido por motivos didácticos, para cada uno de ellos se da el razonamiento médico-legal que ha permitido llegar a las conclusiones y se aprovecha para ir exponiendo la doctrina médico-legal pertinente.

No hay nada más sagrado que los muertos, la gente jura por sus muertos, se caga en los muertos de los demás como la mayor ofensa posible. Los muertos no pueden defenderse y los llevamos dentro como algo emocionalmente intocable.

Para un médico los pacientes son “sus pacientes”, los casos son “sus casos”. Para mí, como médico forense, los muertos que he autopsiado son “mis muertos” a los que me une algo especial; son mis casos pero también forman de algún modo parte de mí. He sentido con ellos pena, dolor, piedad y he aprendido con y de ellos.

Este es un pequeño homenaje a mis muertos…

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Rodrigo

11 Diciembre 2021 · No hay Comentarios

Rodrigo, mejor dicho: su cadáver, apareció en las aguas del puerto. Tenía setenta años y, por la evolución de los fenómenos cadavéricos (enfriamiento livideces, rigidez…) se pudo estimar que habrían transcurrido unas 24 horas desde el momento de la muerte.

Cuando un cadáver es hallado en el agua se plantea lógicamente como hipótesis más probable la muerte por ahogamiento (sumersión decimos en medicina legal). Siempre hay que distinguir dos grupos de signos:

Los primeros y más evidentes son los que derivan de la permanencia del cuerpo en el agua lo que produce ciertos cambios en el aspecto externo del cadáver que son característicos.

En el informe escribí: “Llama la atención la maceración de la piel en las plantas de los pies y las palmas de las manos”. Efectivamente; como todos sabemos, cuando la piel permanece un tiempo prolongado bajo el agua se produce la maceración de la misma tomando un aspecto blanquecino y engrosándose, dando lugar también a la aparición de arrugas sobre todo en aquellos lugares en que la capa de queratina de la piel es más gruesa como en las palmas de las manos y plantas de los pies. En los tratados de medicina legal se describe este aspecto de las manos como “manos de lavandera”. En ocasiones es tan pronunciado este fenómeno que llega a desprenderse la capa córnea de la piel en forma de dedil o de guante.

El enfriamiento del cadáver en un medio líquido también es mucho más rápido por la conductividad térmica que es mucho mayor en los líquidos que al aire que es más bien un aislante por ser poco conductivo. Lógicamente depende de la temperatura del líquido, mucho menor en invierno (este caso se produjo en noviembre). Esa pérdida del calor corporal que se produce provoca la reacción del organismo para ahorrar calor en forma de vasoconstricción de la piel (disminuye el aporte sanguíneo a la piel para evitar pérdida de calor) esto lo notamos nosotros cuando hace frío en que las regiones más expuestas y más distales (las manos, las orejas… palidecen y se muestran frías al tacto). También se contraen los músculos erectores del vello y se nos pone la “piel de gallina”. En el cadáver este fenómeno se describe como “cutis anserina”. Quizás al producirse la muerte la rigidez que va afectando a todos los músculos del cuerpo hace que en estos cadáveres se aprecie este fenómeno por instaurarse más rápidamente en estos casos. Pero en el caso de Rodrigo esto no lo aprecié.

En cuanto a las livideces (esas manchas amoratadas que aparecen en el cadáver al detenerse la circulación sanguínea y quedar la sangre depositada en las partes más bajas del cuerpo por acción de la gravedad) en el caso de quedar en el agua cuya densidad es tan similar a la de nuestro cuerpo, y éste casi flota y debido a los movimientos de la misma, el cuerpo va adoptando diversas posiciones cuando hay profundidad suficiente por lo que las livideces no se sistematizan y “fijan” en una posición determinada, resultando por lo tanto más difusas y menos aparentes. A ello se suma el hecho en el caso de la verdadera muerte por sumersión de que el líquido llega a penetrar en los pulmones y de allí, tras producirse la rotura de los alveolos pulmonares, pasa a la circulación sanguínea con lo cual la sangre se encuentra en parte diluida y por tanto las livideces serían más claras, menos intensas ya de por sí.

El segundo grupo de signos reúne aquellos que derivan verdaderamente de la sumersión; es decir: del paso de agua a los pulmones y de allí al torrente sanguíneo, llegando a provocar la muerte por asfixia ya que se interrumpe el intercambio gaseoso en los pulmones.

Por tanto, para el diagnóstico de la muerte por sumersión hacen falta estos últimos signos, los primeros sólo indican que un cuerpo ha estado en el agua por un tiempo más o menos prolongado.

En el caso de Rodrigo dichos signos estaban presentes: ambos pulmones francamente aumentados de volumen y de coloración oscura. Al abrirlos mediante los cortes habituales se percibía crepitación y gran cantidad de sangre espumosa. El corazón contenía escasa cantidad de sangre en el ventrículo izquierdo y abundante en el derecho.

En el interior del estómago se encontró un volumen elevado de agua (unos 700 c.c.) índice de que había llegado allí por deglución, lo que significa que estaba vivo bajo el agua. (Se admite que de forma pasiva podría llegar alguna cantidad de agua al estómago en un cadáver sumergido pero nunca más de 500 c.c.)

Uno de los interrogantes que se plantea siempre en una muerte violenta es la etiología médico-legal; es decir: si se trata de un suicidio, un homicidio o un accidente. Las tres serían posibles en este caso pero la del homicidio es muy poco frecuente por este procedimiento pues lo habitual es acabar con la víctima por otros medios (lo que se descartó en este caso ya que la causa de la muerte fue la asfixia por sumersión y no otras violencias) y arrojar después el cadáver al agua asegurándose de que sea difícil de encontrar. En cuanto al suicidio por sumersión sólo se da en casos en que l sujeto no sepa nadar y se arroje a aguas profundas o bien tome la medida de asegurase el no poder salir a flote como atarse algún objeto muy pesado y suelen conocerse antecedentes de intentos anteriores por otros procedimientos.

Por lo tanto y provisionalmente, contando tan sólo con los datos obtenidos del levantamiento del cadáver y la autopsia, se concluyó que la causa más probable era accidental y podría deberse al estado resbaladizo del muelle ya que dicho día fue lluvioso y parece ser que el mar estaba agitado, a ello se pudo unir la oscuridad de la noche y quizás, teniendo en cuenta su edad alguna indisposición súbita o bien el estado de embriaguez si bien no se pudo encontrar en el estómago restos de alcohol, remitiendo muestras de sangre al laboratorio para confirmar o descartar la posible intoxicación etílica.

En todo caso la investigación ulterior corresponde a la policía judicial, para que, al final y con el conjunto de todos los datos obtenidos y no sólo los que puede aportar el médico forense, sea posible llegar a una conclusión sobre la existencia o no de un hecho delictivo del que hubiera que averiguar la identidad del criminalmente responsable para proceder a su enjuiciamiento en tal caso.

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Ania

1 Diciembre 2021 · No hay Comentarios

Ania era una niña de nacionalidad extranjera, de dos años de edad, que pasaba el verano con sus padres en nuestro país.
Entre las obligaciones de los médicos forenses, en la anterior ley de trasplantes se encontraba la posibilidad de que se nos requiriese, junto a otros dos médicos del hospital, para firmar el certificado de muerte cerebral (debía ser firmado por tres médicos y uno de ellos, cuando el caso iba a ser investigado por el juzgado por tratarse de una causa de muerte violenta podía ser el médico forense).
Al mes siguiente de mi incorporación en activo como médico forense el juzgado en el que estaba de guardia recibió el aviso del hospital de que tenían una niña (Ania) en el servicio de cuidados intensivos que se había ahogado en la piscina y se encontraba en situación de muerte cerebral.
Ni que decir tiene que, para nosotros, aunque la experiencia nos hace intentar distanciarnos emocionalmente del impacto de asistir a una muerte inesperada y la mayoría de las veces por causas desgraciadas, nos sigue afectando ver como se ha perdido una vida, mucho más en el caso de un niño y, mucho más cuando, como era el caso, somos padres y tenemos hijos de edad parecida, pues te hace ponerte en el lugar de esos padres.
Todavía fue peor en aquel caso puesto que tuve que acudir a la unidad de cuidados intensivos para confirmar el diagnóstico de muerte cerebral y firmar el correspondiente certificado y por lo tanto ver a la niña aún con vida (aunque sólo fuera vegetativa pues la anoxia cerebral que había provocado el ahogamiento determinó la muerte cerebral).
Yo siempre digo que una forma de defensa que tenemos los médicos forenses ante el panorama de la muerte de un semejante es evitar imaginarlo con vida, intentar no pensar en cómo era, que le pasó, que sentiría en los momentos previos a su muerte. Digo siempre que nuestra ventaja es que nosotros le conocemos ya muerto, para nosotros siempre ha estado muerto. Es muy diferente que el médico asista a un paciente, ponga su dedicación y su empeño en curarlo, en evitar su muerte y al final ésta suceda. De algún modo, aunque sea atenuado por la experiencia esto supone un duelo. Por eso en este caso la experiencia de ver a Ania con vida (sólo su cuerpo con vida) y saber que al día siguiente iba a practicar su autopsia fue especialmente dolorosa.
La autopsia, como es lógico, confirmó la muerte por sumersión. El cadáver presentaba lógicamente los signos de haber extraído algunos órganos para su trasplante (ambos riñones, así como el bazo). En los casos en que interviene el juzgado se precisa la autorización del juez para la extracción de los órganos y no sólo la conformidad de los familiares. El juez concede la autorización siempre que la extracción de dichos órganos (en la petición se ha de precisar cuáles se van a extraer) no impida la determinación en la autopsia las causas de la muerte para lo cual pide un informe sobre este extremo al médico forense.
Siempre he dicho que no encuentro motivos que lo impidan; dado que se trata en estos casos de una muerte cerebral y lógicamente, aunque se extraigan otros órganos, el cerebro siempre quedará. Además, nunca se extraería un órgano que haya sufrido daños traumáticos o de otra clase ya que tampoco tendría sentido trasplantarlo, por eso mis informes siempre han sido afirmativos en ese sentido de autorizar la extracción.
El único consuelo que pudieron tener los padres de Ania y también yo mismo, es que su muerte dio oportunidad de vivir a otro u otros niños.
Una antigua inscripción presente en muchas salas de disección de las facultades de medicina reza “Hic locus est ubi mors gaudet succurrere vitae”: En este lugar es donde la muerte se regocija de ayudar a la vida.
Nunca más cierto que en el caso de Ania y de tantos otros que han permitido vivir a muchos enfermos. ¡Descanse en paz!

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Miguel

26 Noviembre 2021 · No hay Comentarios

A los pocos días de iniciar mi actividad como forense fue hallado en la playa el cadáver de un hombre de 65 años de edad. Al parecer veraneaba en una urbanización próxima.
El cadáver se encontraba en decúbito prono (boca abajo) y con la cara contra la arena.
Una particularidad es que le faltaban (por amputación antigua) las falanges más distales (las del extremo) de los dedos índice, medio y anular de la mano izquierda.
No había sangre ni cualquier otro indicio de violencia y en principio se pensó que se trataba de una muerte natural súbita.
Pero en la autopsia se pudo comprobar (como en el caso de Alberto) que el cuadro anatomopatológico macroscópico (el conjunto de signos obtenidos del examen visual de los órganos internos) volvía a ser de intensa congestión de todas las vísceras así como presencia de sangre muy fluida y oscura.
El cerebro presentaba el fenómeno de “piqueteado hemorrágico” o “enarenado hemorrágico”. Consiste en que al corte del mismo aparecen pequeños puntos rojizos o gotículas de sangre, lo que es muy frecuente en la congestión de este órgano al estar las vénulas ingurgitadas, precisamente por esta congestión. Cuando al pasar el cuchillo rasando la superficie de corte estos puntos rojizos se limpian y desaparecen decimos que el fenómeno es falso. Si, a pesar de haber hecho esta limpieza de la superficie de corte, permanecen los puntos rojizos significa ello que hay una extravasación de la sangre de las paredes de la vénula y los hematíes (glóbulos rojos) infiltran el tejido de la sustancia blanca. Esto se debe a una anormal permeabilidad de las paredes del vaso en parte por la elevada presión venosa y en parte por fenómenos anóxicos en la pared de los vasos.
Si al limpiar desaparecen los puntos rojos sólo parcialmente (en número o en intensidad) hablamos de piqueteado hemorrágico falso/verdadero.
En el examen de la tráquea y bronquios descubrimos la presencia de partículas silíceas que correspondían sin duda a la arena de la playa.
El estómago estaba repleto de alimentos, en pleno proceso de digestión o postprandial (así llamamos al estado en que recientemente se ha ingerido comida).
La total ausencia de lesiones traumáticas y de cualquier signo de violencia permitía descartar una muerte causada por violencias externas. No obstante, al descansar boca abajo su cabeza en la arena de la playa y ser la arena un material blando que se adapta a los contornos de cualquier superficie corporal que en ella se apoye y encontrar la boca y las fosas nasales en el cadáver llenas de arena ello permitía suponer que se había obstruido el paso de aire a las vías respiratorias. Ello por sí sólo no es suficiente para pensar que era la causa de la muerte salvo si se demuestra, como en este caso, que los esfuerzos para respirar (inspiratorios, diríamos los médicos) han hecho llegar arena a los bronquios profundos, donde no podría llegar si no hubiera sido por la presión negativa de esos esfuerzos inspiratorios.
Como el cuadro era de asfixia pude concluir que la muerte había sido una asfixia mecánica (por una obstrucción externa) lo que en medicina legal llamamos sofocación.
Lógicamente en este caso la sofocación fue accidental. Es posible que, en el estado de digestión (cuando el organismo es más susceptible) el sujeto pudiera sufrir un síncope o desvanecimiento que le hizo caer hacia adelante dejando su rostro sobre la arena de la playa y que, a esas horas, nadie le viera y pudiera ayudar, con lo que, en definitiva, terminó por asfixiarse. Una desgracia fatal como muchas de los que, desgraciadamente, vemos los médicos forenses en nuestro trabajo.
Al ser la causa externa (la obstrucción) y aunque sea de etiología (causa) accidental debemos calificar la muerte como muerte violenta ya que no se ha producido la muerte por una enfermedad sino por la asfixia.
¿La explicación de la amputación de los dedos? Como supimos luego, este dato concordaba con la profesión que había tenido que era la de tupinero.
El tupinero es el operario de una máquina llamada tupi muy usada en carpintería. Permite recortar y moldear piezas de madera guiándolas con las manos pero es muy peligrosa y el accidente típico es sufrir la amputación de dedos, generalmente de la mano izquierda.
Tuve que explicar a su hijo las causas de la muerte y manifestarle mis condolencias, lo que, por desgracia, también es algo habitual en nuestro trabajo.
Algunos días o semanas más tarde me lo encontré casualmente en unos grandes almacenes y me saludó muy cortésmente. Me reconfortó ver que, a pesar de lo triste del suceso, guardaba un buen recuerdo de mí.

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Alberto

21 Noviembre 2021 · No hay Comentarios

Alberto fue mi primer muerto. Bueno, el primero que yo autopsié ya que, como hijo de médico forense, había tenido previamente oportunidad de presenciar alguna autopsia, así como, en mi fase de preparación para la oposición, asistí a un buen número de ellas.

Pero, a lo que vamos, Alberto fue mi primer muerto.

Normalmente cuando el Juzgado de instrucción actúa tenemos la oportunidad de llevar a cabo el levantamiento del cadáver pues se trata de una muerte violenta o sospechosa y se acude al lugar en que apareció el cadáver.

No fue así en el caso de Alberto ya que se produjo una muerte súbita en su domicilio y los primeros que le asistieron fueron unos familiares. Nada se pudo hacer por su vida y, aunque probablemente se le condujo a un centro sanitario, no hicieron más que confirmar su muerte y dar parte al Juzgado que ordenó el traslado al depósito del Instituto anatómico-forense, donde me lo encontré yo, a la mañana siguiente como mi primer caso y sin ningún antecedente.

Ni que decir tiene que yo estaba muerto de miedo ante la responsabilidad de determinar las causas de la muerte súbita de un chico de 25 años de edad (no lo había dicho). Lógicamente, a medida que aumenta la edad, las causas probables de muerte súbita aumentan y el diagnóstico se facilita.

Pero Alberto tenía 25 años y yo no tenía información alguna de lo que había ocurrido, ni de si padecía alguna enfermedad.

Para acabar de complicarlo, además de los signos de haber sido asistido clínicamente (electrodos adhesivos de los usados para realizar un electrocardiograma, punciones en las venas de ambos codos…) encontré una erosión en la cara interna de la pierna derecha un poco más arriba del tobillo y (lo más llamativo) tres equimosis (moraduras o cardenales) situadas en la pared torácica posterior izquierda, en su parte inferior y una bajo la otra, cada una sobre una costilla.

Malo es tener un caso de muerte súbita de un joven pero aún peor es que tenga lesiones traumáticas difíciles de interpretar.

Me armé de valor y practiqué la autopsia de Alberto, mi primer muerto.

No encontré nada, bueno, nada salvo una intensa congestión de todas las vísceras y la sangre muy oscura y muy fluida, signos inespecíficos pero que orientan a una muerte por asfixia o por insuficiencia respiratoria aguda, lo que viene a ser lo mismo.

Examinadas las vías respiratorias no se halló nada que las hubiera obstruido.

Al día siguiente, supe que el fallecido era epiléptico y que, cuando un primo suyo lo encontró inconsciente lo bajó de la cama al suelo para intentar reanimarlo.

Ello me llevó a deducir que, probablemente, tuvo un ataque epiléptico durante el sueño y se produjo una parada respiratoria, causante de la muerte. Las equimosis sobre las costillas pudieron producirse al golpearse el tórax contra el suelo en el momento de bajarlo de la cama sin ayuda.

Todo ello me tranquilizó e incluso me alegré de mi acierto en este mi primer caso, el de Alberto.

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¡Empiezo!

26 Noviembre 2008 · No hay Comentarios

Bienvenido a mi blog.

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